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La culpa

La culpa

Freddy Pérez Cabrera

 

Buscar la paja en el ojo ajeno, constituye una fea costumbre que se ha convertido en algo cotidiano entre los cubanos, lo cual resulta una práctica muy dañina para nuestra sociedad en su aspiración de autoperfeccionarse.

A mi mente viene aquella fábula nombrada Los dos conejos,  escrita magistralmente por Tomás de Iriarte,  donde se producía una discusión estéril entre los dos animales para determinar si el perro que los acechaba era un galgo o un podenco.

No creo que estos sean tiempos para detenernos en cuestiones frívolas, culpándonos los unos a los otros de los desvaríos que nos acechan, olvidando el asunto principal que nos debe ocupar: salvar la obra construida al costo de muchísimos sacrificios.

Sin embargo, algunas personas se empeñan en hacer como los conejos, y ejemplos sobran en nuestra cotidianidad. De seguro usted ha podio observar que si de un grupo de niños sale una frase obscena, aparecerá sin demora una abuelita, un tío, el padre o determinado vecino para decir: qué le estarán enseñando a ese niño en la escuela.

En cambio, cuando se produce una manifestación de insolencia en un centro escolar, vendrá solícito un maestro a expresar: parece que en su casa no le han enseñado lo que son los buenos modales.

Ahora mismo, en Santa Clara, ciudad asediada por la indisciplina social de algunos que arrojan basura en cualquier lugar, se produce una gran discusión respecto al tema, haciendo infructuosos los esfuerzos de las autoridades para sanear la urbe.

Unos dicen que la responsabilidad es de Comunales, que no recoge a tiempo los desechos; los funcionarios de salud achacan la indolencia a la falta de percepción del riesgo de contraer enfermedades, mientras otros señalan que deben imponerse más multas; y siempre habrá quien alegue la faltan recursos para garantizar una buena higiene. Lo cierto es que como en el cuento de Augusto Monterroso, al igual que el dinosaurio, la basura sigue ahí.

Y así, si hurgamos en cualquier esfera de la sociedad cubana, encontraremos a personas que buscan culpables y chivos expiatorios, más allá de sus narices, creando un círculo vicioso que en nada ayuda al cambio de mentalidad a que nos ha llamado la dirección del país.

Quién debe orientarle a un educador la preparación para impartir buenas clases. Estoy seguro que a mi maestro Hipólito Brito, nunca tuvo que venir una visita de “arriba” a sugerirle como debía enseñar la historia, algo que él hacía como pocos.

Igual sucede con las administraciones de algunas entidades víctimas del descontrol. En ese caso cabría reflexionar porqué debe comparecer una auditoria a descubrir lo que resulta evidente, si la función de control resulta algo consustancial a las obligaciones de quien dirige.

Esta claro, que la salida a ese fenómeno de culpar a los demás, pasa por asumir con responsabilidad lo que a cada cual corresponde. Estos no son tiempos para escudriñar en las esencias ni para debatir si son galgos o podencos quienes amenazan nuestro proyecto social, sino de hallar soluciones a los males que nos corroen.

Solo así sacaremos las pajas que nublan nuestros ojos y los perros no se comerán a los inofensivos conejos por enfrascarse en discusiones estériles que a nada conducen.

 

 

 

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